26.3.07
8.3.07
De atar
La luz estaba preciosa, el aire estaba en calma, casi se podía tocar el final de la tarde y el final del invierno. Las palomas disfrutábamos de nuestro retiro en las tierras de la condesa hasta que la paz fue quebrada por cuatro locos que lo miraban todo con sus ojos de cristal y no paraban de hablar entre sí en una lengua irreconocible. No entendimos lo que decían pero, sin duda, eran amigos y estaban locos. De atar.
Nos acordamos de otros días. Días de verano. De balcones abiertos, de visillos llevados por el viento. De olor a jazmines y del sabor dulce de las lágrimas derramadas por un amor del montón. Los locos se fueron y nosotras nos quedamos con nuestra vida y nuestro retiro en tierras de la condesa. Ellos no sabían nada de nosotras, nos despertaron, nos hicieron salir a volar, se rieron con nosotras y después se fueron. Siguen sin saber nada, aunque ahora creen que nos conocen y volverán de vez en cuando. Creyendo que no molestan.
Nos acordamos de otros días. Días de verano. De balcones abiertos, de visillos llevados por el viento. De olor a jazmines y del sabor dulce de las lágrimas derramadas por un amor del montón. Los locos se fueron y nosotras nos quedamos con nuestra vida y nuestro retiro en tierras de la condesa. Ellos no sabían nada de nosotras, nos despertaron, nos hicieron salir a volar, se rieron con nosotras y después se fueron. Siguen sin saber nada, aunque ahora creen que nos conocen y volverán de vez en cuando. Creyendo que no molestan.
